En un mundo donde las suscripciones han pasado de ser una opción a convertirse en la norma, cada nuevo giro en este modelo de negocio nos hace reflexionar sobre cómo consumimos tecnología. Lo que comenzó como una forma práctica de acceder a contenido digital—desde música y series hasta almacenamiento en la nube—ha evolucionado hacia un ecosistema donde pagamos mensualmente por casi todo. Ahora, este fenómeno da un salto audaz: LG ha introducido en Reino Unido un programa llamado LG Flex, que permite “alquilar” televisores y barras de sonido mediante una cuota recurrente, en lugar de comprarlos directamente. Este movimiento no solo cambia la forma en que adquirimos dispositivos electrónicos, sino que plantea preguntas profundas sobre la sostenibilidad, la accesibilidad y el futuro de la propiedad en la era digital.
La propuesta de LG Flex llega en un momento clave. Según datos de mercado, el gasto en suscripciones digitales ha crecido exponencialmente en la última década, con consumidores que destinan una parte creciente de su presupuesto a servicios como Netflix, Spotify o Adobe Creative Cloud. Pero, ¿qué sucede cuando este modelo se traslada a objetos físicos, como un televisor de alta gama? LG, en colaboración con su socio oficial Raylo, ofrece una respuesta: planes flexibles que van desde un mes hasta 36 meses, sin desembolso inicial y con la opción de actualizar el dispositivo al final del período. Por ejemplo, el LG OLED evo AI C54 4K de 83 pulgadas, valorado en 3.999 libras (aproximadamente 4.620 euros), está disponible desde 123,90 libras al mes (unos 145 euros), mientras que modelos como el LG QNED evo AI QNED9MA Mini LED 4K de 86 pulgadas parten de 78,35 libras mensuales (alrededor de 92 euros).
Sin embargo, la clave aquí no es solo el precio, sino la filosofía detrás del servicio. LG Flex se presenta como una solución para quienes buscan acceso inmediato a tecnología premium sin el compromiso financiero de una compra única. Incluye una prueba gratuita de 14 días y, al terminar el contrato, el usuario puede optar por continuar con pagos mensuales, cambiar a un modelo más nuevo sin coste adicional o devolver el dispositivo—aunque esta última opción conlleva una tasa de 50 libras (unos 60 euros). Esto refleja una tendencia más amplia en la industria: la transición de un modelo de propiedad a uno de uso, donde lo importante no es tener el gadget, sino disfrutar de sus beneficios de manera flexible.
Desde una perspectiva de sostenibilidad, este enfoque podría tener implicaciones significativas. Al promover la reutilización y actualización de dispositivos, LG Flex podría reducir el desperdicio electrónico, un problema creciente a nivel global. Según la ONU, se generan más de 50 millones de toneladas de residuos electrónicos al año, y programas como este incentivan ciclos de vida más largos para productos como televisores. Además, al ofrecer opciones de devolución, se facilita la recuperación y reciclaje de componentes, alineándose con los objetivos de economía circular que muchos países, incluidos los de la Unión Europea, están impulsando.
En términos de energía, los televisores modernos, especialmente los modelos OLED y Mini LED de LG, son cada vez más eficientes. Tecnologías como el AI-powered energy saving permiten reducir el consumo eléctrico sin comprometer la calidad de imagen, lo que se traduce en ahorros a largo plazo para el usuario y un menor impacto ambiental. LG Flex podría amplificar estos beneficios al hacer que dispositivos de última generación sean más accesibles, fomentando la adopción de innovaciones verdes en hogares que, de otro modo, podrían optar por modelos menos eficientes por razones de costo.
Pero, ¿qué significa esto para el consumidor promedio? Por un lado, LG Flex democratiza el acceso a tecnología de punta, eliminando barreras económicas iniciales. Por otro, plantea un dilema: a largo plazo, el pago acumulado de las suscripciones puede superar el precio de compra del televisor. Por ejemplo, si alguien mantiene una suscripción de 145 euros al mes durante tres años, terminaría pagando más de 5.000 euros, por encima del valor de venta. Por eso, expertos en finanzas personales recomiendan analizar cuidadosamente si este modelo se adapta a las necesidades individuales, especialmente en mercados con alta inflación como el europeo.
De momento, LG Flex está limitado a Reino Unido, sin planes anunciados de expansión a otros países. No obstante, su mera existencia señala una tendencia imparable: la suscripción como lenguaje comercial dominante, que ya no se limita a lo digital. Empresas como Apple, con su Apple Creator Studio, también exploran modelos híbridos, buscando capturar audiencias acostumbradas a herramientas como CapCut o Canva. Esto sugiere que, en el futuro, podríamos ver más gadgets—desde smartphones hasta electrodomésticos—disponibles bajo esquemas similares, transformando radicalmente cómo interactuamos con la tecnología.
En conclusión, LG Flex no es solo un experimento comercial; es un reflejo de cómo la economía de suscripción está redefiniendo la propiedad en el siglo XXI. Al combinar innovación tecnológica, flexibilidad financiera y potenciales beneficios ambientales, este programa podría sentar un precedente para la industria. Mientras observamos su evolución en Reino Unido, una cosa es clara: el futuro de los gadgets no se trata de poseerlos, sino de experimentarlos, mes a mes.

