En un mundo que cambia a pasos agigantados, la forma en que entendemos la masculinidad está en constante evolución. Seguramente has escuchado hablar del “despertar” o de la “generación de cristal”, términos que, aunque cargados de distintas interpretaciones, nos invitan a reflexionar sobre cómo los hombres de hoy navegan las corrientes de nuevos movimientos sociales. Esta nota es una invitación a explorar, sin juicios precipitados, cómo algunos hombres reaccionan ante lo que perciben como una amenaza a su virilidad, y cómo esa resistencia puede manifestarse de maneras inesperadas.
Resulta curioso cómo, en medio de este panorama, muchas personas de diversas edades tachan a las nuevas generaciones de ser “de cristal”, mientras que, paradójicamente, una parte de esa misma crítica viene de hombres que exhiben una fragilidad notable. Esta inseguridad a menudo se disfraza de agresividad, una respuesta común ante el miedo. Lo vemos en comentarios incendiarios en línea, especialmente dirigidos a mujeres, donde la ira se convierte en una armadura para ocultar el desasosiego. Crecer bajo la idea de que ‘los hombres no lloran’ o que la sensibilidad es una debilidad, ha sembrado en muchos una dificultad para procesar emociones complejas. Cuando estas emociones no se expresan saludablemente, pueden detonar un resentimiento que busca chivos expiatorios en los movimientos sociales, llevando a algunos a abrazar ideologías extremistas o discursos polarizantes que prometen una ‘verdad’ absoluta.
El concepto de ‘despertar’ —antes ligado a un proceso terapéutico de autoconocimiento— hoy se ha transformado, para algunos, en la revelación de una supuesta gran conspiración. Esta visión, a menudo nutrida por el resentimiento y el aislamiento, promueve una lógica de ‘píldora roja o azul’, donde solo hay dos caminos y una única verdad. Esto alimenta un dualismo peligroso: ‘yo conozco la verdad y tú estás engañado’. En este escenario, la autocrítica y el diálogo se desvanecen. Si intentas debatir o matizar ideas, te encuentras con respuestas simplistas que anulan cualquier conversación, transformando palabras como ‘woke’ en insultos que buscan descalificar en lugar de entender. La complejidad de la vida se reduce a bandos, y la discusión abierta se cierra a la posibilidad de aprender.
Entonces, ¿cómo navegamos este complejo escenario? La transformación genera miedo e incertidumbre, especialmente cuando implica soltar viejos paradigmas que daban una seguridad, aunque efímera. Es un reto mayúsculo fomentar el diálogo y la empatía cuando la polarización parece dominar. Sin embargo, en lugar de aislarnos y rechazar a quienes se sienten perdidos o amenazados, es crucial escuchar sin juzgar, entender sus miedos sin validar la agresión. La tradición no es un museo, es un fuego vivo que evoluciona, y la verdadera fortaleza, lejos de la agresividad, radica en la sensibilidad y la capacidad de adaptarnos. Como decía Heráclito hace milenios, ‘ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el río serán los mismos’. Dudar, cuestionar y abrazar la impermanencia, lejos de ser una debilidad, es el camino hacia una masculinidad más auténtica y resiliente.

