En marzo de 2026, Google sorprendió al mundo al anunciar un hallazgo inquietante: sus computadoras cuánticas podrían ser capaces de descifrar los métodos de cifrado más comunes antes del final de la década. Datos personales, secretos de Estado, cuentas bancarias: todo quedaría expuesto. Según la tecnológica, el fin de los secretos digitales es inminente a menos que los gobiernos y los administradores digitales actúen con rapidez y adopten sistemas en línea más seguros. Sin embargo, se trata de una empresa muy compleja y costosa.
Lo que realmente llamó la atención de la comunidad científica no fue solo el resultado, sino la forma en que se presentó. Por primera vez en la historia de la ciencia, Google empleó una “prueba de conocimiento cero”, que no revelaba absolutamente ninguna información sobre los métodos científicos utilizados para llegar al resultado. Con ello, Google demostró a la comunidad científica que poseía un poderoso algoritmo cuántico para descifrar el cifrado, sin revelar cuál era exactamente ese algoritmo.
Los investigadores de Google argumentaron que el riesgo de que el algoritmo se utilizara indebidamente o se desarrollara rápidamente si se hacía público era demasiado grande. Este enfoque contradice todos los principios de la comunidad científica. Debido a que el método de solución no es de acceso público, el conocimiento obtenido no puede ser utilizado por otros. Algunos expertos cuestionaron posteriormente si este sería un caso aislado o si las pruebas de conocimiento cero se convertirían en la norma en un mundo de la investigación donde las empresas con secretos que guardar desempeñan un papel cada vez más importante.
En el caso de Google, sin embargo, este enfoque no resultó exitoso. Al contrario, el intento fracasó: el algoritmo cuántico permaneció en secreto solo unos días.
¿Qué es una prueba de conocimiento cero?
A mediados de la década de 1980, los expertos cambiaron fundamentalmente el mundo de la criptografía con la invención de la prueba de conocimiento cero, o al menos con la idea de una. Si bien diversos métodos para cifrar datos existían desde hacía milenios, si alguien quería convencer a otra persona de algo —por ejemplo, que había desarrollado un poderoso algoritmo para computadoras cuánticas, como en el caso de Google— no había forma de evitar revelar cómo se había llegado a esa conclusión.
Las pruebas de conocimiento cero eliminan esa necesidad. Resulta que se puede desarrollar una prueba de conocimiento cero para cualquier prueba verificable. Esta confirma que alguien posee la prueba sin revelar realmente en qué consiste. Esto funciona mediante interacción: la persona que supuestamente posee una prueba intercambia información repetidamente con la persona a la que intenta convencer. Con cada paso, su convicción de que la afirmación es verdadera aumenta. En la práctica, se utilizan algoritmos para este intercambio.
En el caso de Google, la prueba se basaba en la afirmación de que una forma específica de criptografía de curva elíptica podía ser rota por un algoritmo cuántico que operaba con solo 1,175 qubits lógicos (unidades de información cuántica) y más de dos millones de “compuertas Toffoli” (operaciones lógicas). Hasta ahora, los expertos habían estimado que se necesitarían al menos 20 veces esa cantidad de qubits, una cifra que las computadoras cuánticas actuales aún están lejos de alcanzar. En julio de 2026, el récord actual es de poco menos de 100 qubits lógicos. El resultado de Google representó un paso drástico hacia adelante.
Un fallo en la implementación
Pero la prueba de conocimiento cero, que los investigadores de la tecnológica habían publicado en la primera versión de su documento técnico en marzo de 2026, resultó ser defectuosa. Como rápidamente se dio cuenta un equipo dirigido por el informático Keegan Ryan, la prueba de conocimiento cero también podía usarse para demostrar afirmaciones falsas. Un ejemplo: probaba que el cifrado podía descifrarse incluso sin compuertas Toffoli, lo cual era obviamente falso porque el algoritmo entonces sería incapaz de realizar cualquier operación lógica.
A mediados de abril de 2026, los desarrolladores de Google y sus colegas pudieron corregir la prueba defectuosa y reemplazarla por una prueba de conocimiento cero válida. Su afirmación original quedó así confirmada; el error solo estaba en la implementación del método, no en el hallazgo en sí.
Pero los problemas no terminaron ahí. El secretismo en torno al trabajo de Google despertó el interés de los expertos y los impulsó a reproducir abiertamente el resultado. Después de solo 63 días, el criptólogo André Schrottenloher, del Centro Inria de la Universidad de Rennes, en Francia, lo logró. Incluso consiguió superar el resultado de Google con un algoritmo cuántico mejorado que ahora está disponible públicamente.
Ese mismo día, el científico de Google Craig Gidney, coautor de la prueba de la empresa, respondió en su blog personal: “Mis felicitaciones a André por ser el primero en igualar nuestros circuitos”, escribió Gidney. “¡No solo lo logró en dos meses, sino que mejoró un poco el recuento de Toffoli!”.
Mientras tanto, varios expertos, independientes de Schrottenloher, habían lanzado una iniciativa destinada a reproducir el resultado de Google. Después de solo tres días, una comunidad en línea dedicada logró superar significativamente el resultado existente utilizando sistemas de agentes basados en inteligencia artificial. Los desarrolladores consiguieron casi reducir a la mitad el número de compuertas Toffoli necesarias.
Lecciones para la ciencia abierta
En resumen, el plan de Google salió mal. En lugar de proporcionar más seguridad, sus tácticas de ocultamiento desafiaron a los expertos, quienes luego reprodujeron y mejoraron el resultado. En su publicación de blog, Gidney señaló que ve esto como un problema con las pruebas de conocimiento cero en la publicación de resultados científicos. “Disfruté publicando algunas pruebas de conocimiento cero un poco provocadoras”, escribió, “pero no creo que sea la estrategia correcta de cara al futuro. Los beneficios son insignificantes y los costos son muchos. Deberíamos publicar abiertamente”.
Este artículo apareció originalmente en Spektrum der Wissenschaft y se reprodujo con permiso. Fue traducido de la versión original en alemán con la ayuda de inteligencia artificial y revisado por nuestros editores.

