En los últimos años, los fármacos para tratar la obesidad han capturado la atención del público mexicano con promesas de pérdida de peso significativa. Medicamentos como Ozempic, Wegovy y Mounjaro han sido presentados como soluciones revolucionarias para un problema de salud que afecta a millones en nuestro país. Sin embargo, conforme pasa el tiempo y la ciencia avanza, comenzamos a entender mejor lo que ocurre cuando estos tratamientos se interrumpen. Un estudio reciente liderado por la Universidad de Oxford, que analizó a más de 9,300 adultos en 37 ensayos clínicos, ha arrojado luz sobre un fenómeno preocupante: el llamado “gran rebote”. Los hallazgos indican que los pacientes que dejan de usar estos medicamentos recuperan peso a un ritmo de 0.4 kilogramos al mes, una velocidad cuatro veces mayor que la observada en quienes abandonan programas basados en dieta y ejercicio, donde el aumento es de solo 0.1 kilogramos mensuales.
Para poner esto en perspectiva en el contexto mexicano, donde la obesidad es un desafío de salud pública prioritario, estos datos son cruciales. Según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición, más del 70% de los adultos en México padecen sobrepeso u obesidad, lo que ha impulsado un creciente interés en tratamientos farmacológicos. Sin embargo, el estudio de Oxford revela que, mientras un cambio sostenido en la conducta alimentaria y la actividad física puede mantener el peso estable por aproximadamente cuatro años después de suspender el esfuerzo, los fármacos adelgazantes llevan a una recuperación del peso inicial en solo año y medio. Esto no solo cuestiona la eficacia a largo plazo de estos medicamentos, sino que también subraya la importancia de abordar la obesidad desde un enfoque integral.
El mecanismo detrás de este rápido rebote parece estar enraizado en nuestra biología. Los fármacos como Ozempic funcionan como agonistas del GLP-1, una hormona que se produce naturalmente en pequeñas cantidades cuando comemos y que regula la saciedad. Al inyectar dosis masivas de esta hormona sintética, podríamos estar desestabilizando nuestros propios receptores celulares o incluso bloqueando la producción natural del organismo. Cuando se retira el fármaco, el sistema puede quedar temporalmente “sordo”, incapaz de volver a producir la hormona de manera efectiva. Como resultado, el apetito regresa con intensidad, llevando a los pacientes a consumir más alimentos y recuperar el peso perdido rápidamente. Este fenómeno es particularmente pronunciado en fármacos de nueva generación como Wegovy o Mounjaro, donde la pérdida inicial promedio de 14.7 kilogramos se acompaña de un rebote de 0.8 kilogramos al mes, el doble de rápido que en medicamentos anteriores.
Más allá de las implicaciones estéticas, la salud cardiovascular también se ve afectada. Inicialmente, estos fármacos mostraron promesas en reducir el riesgo de infartos y mejorar marcadores metabólicos, como la presión arterial y los niveles de colesterol. No obstante, el estudio indica que estos beneficios son temporales. Aproximadamente al año y medio de suspender la medicación, la mayoría de los indicadores cardiometabólicos regresan a sus niveles previos al tratamiento. Esto significa que, sin un cambio duradero en el estilo de vida, los pacientes no solo recuperan el peso, sino que también pierden las mejoras en salud que habían ganado, poniendo en riesgo su bienestar a largo plazo.
En México, el costo de estos tratamientos añade otra capa de complejidad. Con precios que pueden superar los 5,000 pesos mexicanos mensuales, muchos pacientes abandonan la terapia después de unos 12 meses debido a la carga económica, la fatiga de las inyecciones continuas o los efectos secundarios. Esto agrava el problema del rebote, ya que interrumpir el tratamiento sin una transición adecuada puede llevar a un aumento de peso aún más acelerado. Es esencial entender que estos medicamentos no son una “bala mágica” para la obesidad, sino una herramienta de apoyo que debe combinarse con modificaciones dietéticas y un incremento en la actividad física. De lo contrario, como señalan los investigadores, las inyecciones pueden resultar en un efecto yo-yo más agresivo que cualquier dieta milagro del pasado.
Un dato curioso y atemporal relacionado con este tema es la historia de los tratamientos para la obesidad en México. Desde las dietas de moda de los años 80 hasta los suplementos herbales promocionados en ferias locales, la búsqueda de soluciones rápidas ha sido una constante. Hoy, con avances científicos como los agonistas del GLP-1, estamos frente a un capítulo más sofisticado, pero las lecciones del pasado nos recuerdan que no hay atajos para la salud sostenible. La obesidad es un trastorno multifactorial influenciado por genética, ambiente y hábitos, y requiere abordajes igualmente complejos.
Este metaanálisis de Oxford marca un punto de inflexión en cómo vemos estos fármacos. La ciencia nos dice que, si bien son extraordinariamente eficaces para la pérdida de peso inicial, no constituyen una cura. Tratarlos como un “plan de choque” temporal puede condenar a los pacientes a ciclos de pérdida y recuperación de peso que son perjudiciales para la salud física y mental. En cambio, los expertos sugieren que la solución no reside únicamente en la jeringuilla, sino en políticas públicas más amplias. En el contexto mexicano, esto podría incluir medidas como impuestos a los alimentos ultraprocesados, subsidios para frutas y verduras, y una planificación urbana que fomente la actividad física, como la expansión de ciclovías y parques públicos.
Sin un cambio en el entorno que rodea a las personas, el fármaco es solo una tregua temporal en una guerra que el cuerpo, impulsado por mecanismos biológicos ancestrales, está programado para ganar. La obesidad en México no se resolverá con medicamentos por sí solos, sino con un esfuerzo colectivo que integre educación, acceso a alimentos saludables y oportunidades para el ejercicio. Como sociedad, debemos alejarnos de la mentalidad de soluciones rápidas y abrazar un enfoque más holístico y paciente, uno que reconozca que la verdadera transformación requiere tiempo, compromiso y apoyo continuo.
En resumen, el “gran rebote” asociado con fármacos como Ozempic subraya la necesidad de un cambio de paradigma en el tratamiento de la obesidad. Para los mexicanos que consideran estas opciones, es crucial consultar con profesionales de la salud, establecer expectativas realistas y complementar cualquier tratamiento farmacológico con cambios sostenibles en el estilo de vida. La ciencia ha hablado: la clave no está en buscar milagros, sino en construir hábitos que perduren, asegurando no solo una pérdida de peso, sino una mejora duradera en la calidad de vida.

