La inteligencia artificial ha dejado de ser una novedad tecnológica para convertirse en un elemento cotidiano en nuestras vidas. Desde los asistentes virtuales hasta los sistemas de recomendación, la IA está presente en múltiples facetas. Pero hay un ámbito donde su impacto está siendo especialmente disruptivo: la industria musical. Según datos reveladores de Morgan Stanley, los jóvenes entre 18 y 29 años dedican en promedio tres horas semanales a escuchar música generada completamente por inteligencia artificial.
Esta tendencia no es casualidad. Plataformas como TikTok y YouTube se han convertido en los principales distribuidores de este contenido, aprovechando la naturalidad con la que las nuevas generaciones adoptan tecnologías emergentes. Mientras algunos artistas tradicionales debaten sobre la ética de la IA en el arte, los oyentes más jóvenes ya han tomado su decisión: el 60% de la Generación Z consume regularmente música creada por algoritmos.
La encuesta “Audio Habits Survey” de Morgan Stanley, realizada por Alphawise, marca un punto de inflexión al incluir por primera vez preguntas específicas sobre consumo de música generada por IA. Los resultados son elocuentes: el 36% de los estadounidenses entrevistados escuchan este tipo de contenido durante 1.7 horas semanales en promedio. Sin embargo, cuando nos enfocamos en los jóvenes de 18 a 29 años, el porcentaje se dispara al 60% con tres horas de consumo.
Benjamin Swinburne, analista líder del estudio, ofrece una perspectiva reveladora: “Consideramos que la IA será un impulsor clave para Spotify en 2026 y años posteriores. En concreto, esperamos que la IA sea fundamental para los esfuerzos de Spotify hacia la personalización 2.0”. Esta visión no es optimista sino realista, considerando cómo las plataformas están adaptando sus modelos de negocio.
Spotify, el gigante del streaming musical, ha tomado una postura particular frente a este fenómeno. Mientras eliminó aproximadamente 75 millones de canciones consideradas spam de baja calidad, también reconoce el potencial de la IA para mejorar la experiencia del usuario. La plataforma busca equilibrar la innovación con la protección de los catálogos de artistas humanos, estableciendo estándares de calidad que distinguen entre contenido valioso y meras reproducciones algorítmicas.
Warner Music Group, una de las discográficas más importantes del mundo, ha entendido el mensaje. Recientemente anunció una asociación estratégica con Suno para monetizar música creada con IA. Según sus ejecutivos, “el auge de la música con IA aumentará el valor de los escasos recursos del catálogo, a la vez que podría generar nueva competencia por el contenido de primera línea”. Esta movida empresarial equivale a reconocer que, si no puedes vencer al enemigo, es mejor unirte a él.
Las diferencias entre plataformas son notables. TikTok fomenta activamente el uso de la IA como herramienta creativa, aunque exige un etiquetado claro que identifique el contenido generado artificialmente. YouTube adopta una postura similar, permitiendo la monetización solo cuando existe un “valor humano añadido” significativo. Estas políticas contrastan con la aproximación más conservadora de algunas plataformas tradicionales, que ven en la IA tanto una oportunidad como una amenaza.
El fenómeno trasciende lo musical. Los millennials, aquellos nacidos entre 1981 y 1996, también muestran una notable apertura hacia la música generada por IA, con un 55% de consumidores que dedican 2.5 horas semanales a este contenido. Sin embargo, la curva de adopción cae drásticamente entre la Generación X, donde solo el 25% escucha música de IA, dedicando en promedio 1.1 horas semanales.
Esta brecha generacional plantea preguntas fundamentales sobre el futuro de la industria musical. Mientras las empresas debaten estrategias y regulaciones, los consumidores más jóvenes están votando con sus orejas. La comodidad con la que la Generación Z y los millennials aceptan la música generada por IA sugiere que la resistencia al cambio podría ser más generacional que técnica o artística.
El impacto económico es considerable. Considerando que Spotify reportó ingresos por aproximadamente 13,000 millones de euros (equivalente a unos 280,000 millones de pesos mexicanos o 14,000 millones de dólares) en 2025, cualquier cambio en los hábitos de consumo tiene implicaciones multimillonarias. La personalización extrema que permite la IA podría aumentar tanto la retención de usuarios como el tiempo de escucha, dos métricas cruciales para el negocio del streaming.
Pero más allá de las cifras, hay una transformación cultural en curso. La música generada por IA no compite necesariamente con los artistas tradicionales, sino que crea nuevas categorías y experiencias. Desde canciones personalizadas para momentos específicos hasta bandas sonoras adaptadas a estados de ánimo, las posibilidades son tan vastas como inquietantes para quienes defienden la autoría humana exclusiva.
La paradoja es evidente: mientras algunos hitos creados con IA ya aparecen en listas prestigiosas como el Billboard, las plataformas deben navegar entre la innovación y la calidad. El spam musical generado masivamente representa un desafío técnico y curatorial, pero la música de IA de alta calidad podría representar la próxima frontera creativa.
Como consumidores, enfrentamos preguntas éticas y estéticas. ¿Qué valoramos en la música: la expresión humana o la perfección algorítmica? ¿Importa quién (o qué) creó una canción si esta resuena emocionalmente con nosotros? Las tres horas semanales que la Generación Z dedica a la música de IA sugieren que, para muchos, estas preguntas son secundarias frente a la experiencia inmediata.
El futuro se vislumbra híbrido. Probablemente veremos más colaboraciones entre artistas humanos y sistemas de IA, más plataformas que integren generación automática con curaduría humana, y más discográficas que diversifiquen sus portafolios entre contenido tradicional y algorítmico. La revolución no será televisada, pero definitivamente será escuchada en nuestros celulares y computadoras.
Lo que comenzó como experimentos técnicos se ha convertido en un fenómeno de consumo masivo. Las tres horas semanales que los jóvenes dedican a la música de IA no son un dato anecdótico, sino el indicador de una transformación profunda. Como en tantas otras revoluciones tecnológicas, los más jóvenes lideran el cambio, mientras el resto de la sociedad decide si seguirlos, resistirse o encontrar un punto medio.

