La inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser un concepto futurista para convertirse en una realidad palpable que moldea nuestro día a día. Desde que el término fue acuñado en la década de 1950, hemos presenciado una evolución que va desde los primeros sistemas expertos hasta los asistentes virtuales que hoy habitan en nuestros celulares. En México, esta tecnología no solo está transformando industrias como la manufactura y los servicios, sino que también está redefiniendo cómo interactuamos con el mundo digital. A diferencia de las noticias de último minuto que dominan los titulares, el desarrollo de la IA es un fenómeno atemporal, cuyas raíces se extienden décadas atrás y cuyas ramas prometen extenderse hacia un futuro lleno de posibilidades.
Para entender el presente, es útil mirar al pasado. Los primeros avances en IA se remontan a la década de 1950, con pioneros como Alan Turing, quien propuso la idea de máquinas que pudieran pensar. En los años 80, sistemas como MYCIN, diseñado para diagnosticar enfermedades infecciosas, demostraron el potencial práctico de la IA, aunque limitado por la tecnología de la época. Hoy, herramientas como ChatGPT de OpenAI han democratizado el acceso, permitiendo que cualquier persona en México, desde un estudiante en Guadalajara hasta un emprendedor en la Ciudad de México, pueda conversar con una IA avanzada. Esta evolución no ha sido lineal; ha estado marcada por “inviernos de la IA”, periodos de escepticismo y reducción de fondos, seguidos de renacimientos impulsados por avances como el aprendizaje profundo.
En el contexto mexicano, la IA está ganando terreno de manera silenciosa pero constante. Empresas como Kavak utilizan algoritmos para optimizar la compra y venta de autos usados, mientras que en el sector salud, startups están desarrollando sistemas que ayudan a diagnosticar enfermedades con mayor precisión. Recientemente, tendencias como el uso de ChatGPT en modo de voz han mostrado cómo la IA se integra en rutinas diarias, ofreciendo asistencia en tareas como planificar viajes o aprender nuevos idiomas. Sin embargo, más allá de las modas pasajeras, el verdadero valor de la IA radica en su capacidad para resolver problemas persistentes, como la optimización de cadenas de suministro o la personalización de la educación, temas que son relevantes hoy y lo seguirán siendo en los próximos años.
Uno de los aspectos más fascinantes de la IA es su dualidad: por un lado, impulsa el progreso, y por el otro, presenta desafíos éticos y prácticos. El “Efecto IA”, como se le ha llamado, refleja las dificultades del progreso tecnológico, donde cada avance viene acompañado de preguntas sobre privacidad, empleo y seguridad. En México, esto se manifiesta en debates sobre cómo regular el uso de datos personales o cómo preparar a la fuerza laboral para un mercado cambiante. Casos como las inyecciones de prompts, que pueden “secuestrar” chats de IA, subrayan la necesidad de desarrollar estas tecnologías con responsabilidad. A pesar de esto, el potencial positivo es inmenso; por ejemplo, la IA podría ayudar a abordar desafíos locales como la gestión del agua o la mejora del transporte público en ciudades congestionadas.
Mirando hacia el futuro, la IA continúa evolucionando a un ritmo acelerado. Eventos como el CES 2026, donde se presentaron conceptos como pantallas enrollables y robots bailarines, ofrecen un vistazo a lo que viene. En China, nacimientos experimentales como el de ratones espaciales apuntan a aplicaciones en exploración, mientras que asistentes holográficos prometen formas más inmersivas de interacción. Para México, esto significa oportunidades en sectores como el turismo, donde la IA podría crear experiencias personalizadas, o en la ciencia, donde herramientas como espectrógrafos de masas, antes reservados para laboratorios, podrían volverse más accesibles. La clave está en adoptar estas tecnologías de manera estratégica, fomentando la innovación local sin depender exclusivamente de desarrollos extranjeros.
En resumen, la inteligencia artificial es mucho más que una tendencia pasajera; es una fuerza transformadora con profundas raíces históricas y un impacto creciente en México. Desde sus inicios teóricos hasta las aplicaciones prácticas de hoy, la IA ha demostrado ser un campo dinámico que requiere tanto entusiasmo como cautela. Al enfocarnos en aspectos atemporales, como la ética, la accesibilidad y la solución de problemas locales, podemos asegurar que esta tecnología beneficie a la sociedad en su conjunto. Como se ve en ejemplos globales y locales, el futuro de la IA no está escrito, pero con una visión clara, México puede desempeñar un papel activo en moldearlo para el bien común.

