En los albores de la Guerra Fría, mientras las potencias mundiales competían por la supremacía tecnológica, una mujer afroamericana trabajaba silenciosamente en un laboratorio militar de Virginia, sin imaginar que sus cálculos matemáticos cambiarían para siempre la forma en que la humanidad se orienta en el mundo. Gladys Mae West, fallecida a los 95 años, fue una de esas mentes brillantes cuyo trabajo fundamental permaneció en la penumbra durante décadas, hasta que la historia finalmente reconoció su contribución esencial al desarrollo del Sistema de Posicionamiento Global (GPS).
Nacida en 1930 en una familia de agricultores en la rural Virginia, West enfrentó desde temprana edad las barreras impuestas por las leyes Jim Crow, que segregaban a la población afroamericana y limitaban su acceso a educación de calidad. A pesar de estos obstáculos institucionales, su talento matemático brilló con fuerza propia. “En aquella época, las oportunidades para una mujer negra en las ciencias eran prácticamente inexistentes”, comentaría años después en una entrevista. “Pero las matemáticas tenían una lógica que trascendía el color de la piel”.
El camino hacia Dahlgren
Después de graduarse con honores en Virginia State College, una institución históricamente afroamericana, West obtuvo su maestría en matemáticas en 1955. Su determinación por encontrar una profesión que le abriera posibilidades la llevó a postularse al Naval Proving Ground en Dahlgren, Virginia, donde comenzaría una carrera que marcaría la historia de la tecnología.
Al llegar al centro de investigación, West se encontró siendo una de solo dos mujeres afroamericanas entre cuatro profesionales negros en toda la instalación. “Era como caminar sobre una cuerda floja”, recordaría décadas después. “Por un lado, las mujeres blancas con las que trabajaba dejaban de hablar cuando me acercaba. Por otro, mis colegas hombres no siempre tomaban en serio mis ideas. Aprendí a mantener la cabeza baja y concentrarme en el trabajo”.
Los primeros cálculos que cambiarían el mundo
En 1962, West fue asignada al Proyecto 29V en la división de programación científica y análisis computacional. Su misión: calcular la órbita de Plutón en relación con Neptuno. Este trabajo, aparentemente especializado, requería una precisión matemática extraordinaria. West y su equipo programaron una de las computadoras más potentes de la época para realizar más de cinco mil millones de cálculos, un proceso que consumió casi 100 horas de tiempo de computación.
“No sabíamos exactamente hacia dónde iba todo esto”, confesaría West años después. “Trabajábamos para el ejército donde todo era secreto. Solo sabíamos que estábamos resolviendo problemas matemáticos complejos”. El éxito del proyecto en 1964, que demostró la regularidad de la órbita de Plutón, le valió a su equipo un premio al mérito por logro grupal, pero el nombre de West permanecería en el anonimato por décadas.
La revolución silenciosa del SEASAT
El verdadero salto tecnológico llegaría cuando West asumió la dirección del proyecto SEASAT en la Agencia de Cartografía de Defensa. Este satélite, que orbitó la Tierra entre junio y octubre de 1978, representaba la vanguardia tecnológica de su época. Equipado con un altímetro radar de última generación, el SEASAT recopiló datos que permitieron modelar con precisión sin precedentes la forma de nuestro planeta.
“El SEASAT fue nuestro ojo en el cielo”, explicaría West. “Por primera vez, podíamos medir con exactitud la topografía oceánica, los niveles del hielo marino y las variaciones gravitacionales que afectan la forma de la Tierra”. Los datos recopilados por este satélite sentaron las bases matemáticas para lo que eventualmente se convertiría en el GPS moderno.
El supercomputador que ocupaba una casa
Para procesar la inmensa cantidad de datos del SEASAT, West y su equipo utilizaron el IBM 7030 Stretch, uno de los supercomputadores más poderosos de su tiempo. “Era una bestia tecnológica”, recordaba West con una mezcla de respeto y asombro. “Ocupaba literalmente el primer piso completo de una casa. Pero era la herramienta perfecta para los cálculos que necesitábamos realizar”.
El trabajo con el Stretch permitió a West desarrollar algoritmos matemáticos que consideraban variaciones en las fuerzas gravitacionales y de marea, factores cruciales para crear un modelo geodésico preciso de la Tierra. Estos algoritmos se convertirían en el corazón matemático del sistema GPS.
El legado que trasciende la tecnología
El reconocimiento público del trabajo de West llegaría tarde, pero con fuerza. En 2018, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos la honró como “una de las personas más importantes en el desarrollo del GPS”. Para entonces, el sistema que ayudó a crear ya era indispensable para la navegación global, los sistemas de emergencia, la agricultura de precisión y miles de aplicaciones cotidianas.
“Lo más importante no es el reconocimiento personal”, diría West en sus últimos años. “Es saber que mi trabajo ayudó a crear algo que beneficia a la humanidad. Que una niña negra de Virginia rural pudo contribuir a algo tan grande”.
Más que una historia tecnológica
La vida y obra de Gladys Mae West representan mucho más que un logro tecnológico. Es un testimonio de resiliencia frente a la discriminación racial y de género, una demostración de cómo el talento puede florecer incluso en las condiciones más adversas, y un recordatorio de que muchos de los avances que damos por sentado hoy fueron posibles gracias a personas cuyos nombres nunca aparecieron en los titulares.
En una era donde la diversidad en STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) sigue siendo un desafío, la historia de West sirve como inspiración y como llamado a la acción. Su legado matemático vive en cada dispositivo que utiliza GPS, pero su verdadero impacto quizás sea demostrar que la excelencia científica no conoce barreras de raza o género.
Hoy, cuando millones de personas en todo el mundo utilizan aplicaciones de navegación para llegar a sus destinos, pocas saben que deben parte de esa precisión a los cálculos meticulosos de una matemática afroamericana que, contra todo pronóstico, ayudó a mapear el mundo desde un laboratorio secreto en Virginia. Gladys Mae West no solo calculó órbitas y modeló la Tierra; trazó un camino para generaciones futuras de científicas y matemáticas que, gracias a su ejemplo, pueden soñar con cambiar el mundo.

