El comercio digital en América Latina es una olla de oro que muchos ven, pero pocos pueden alcanzar. Con un mercado que supera los 190 mil millones de dólares anuales y un crecimiento que lo posiciona como el más dinámico del mundo, la región es un imán para empresas de software y plataformas digitales. Sin embargo, existe un obstáculo crítico y poco visible que frena su expansión: la compleja y fragmentada infraestructura de pagos. Según analistas del sector, el problema no es la demanda, sino la capacidad técnica y legal para cobrar.
Nahuel Candia, CEO de la empresa de infraestructura financiera Rebill, describe un escenario que se repite con frecuencia. “El producto funciona, los clientes en la región aparecen, el equipo comercial ve tracción en dos o tres mercados. Y entonces llega la pregunta que nadie anticipó: ¿cómo cobramos?”, explica. Este “cuello de botella silencioso” se convierte en la principal barrera para escalar, incluso cuando todo lo demás indica éxito. La oportunidad es monumental: si se incluyen servicios digitales, viajes y delivery, el comercio digital total en la región supera los 769 mil millones de dólares y se proyecta que alcanzará el billón para 2027.
Un laberinto regulatorio y técnico
La raíz del problema es estructural. América Latina no es un mercado único, sino un mosaico de regulaciones, métodos de pago preferidos y requisitos legales. Para que una empresa extranjera pueda cobrar con tarjetas locales en México, por ejemplo, necesita constituir una sociedad mexicana, obtener licencias ante la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV) y conectarse a un procesador local. Un proceso que puede tomar meses y una inversión significativa. Y eso es solo para un país.
La situación se replica, con variantes, en Brasil, Colombia, Chile y Argentina. Cada nación exige su propia entidad legal, su conexión con adquirentes bancarios específicos y el cumplimiento de normativas de datos y financieras particulares. Para una startup o una escalaup, esta complejidad hace inviable operar en más de uno o dos mercados de manera simultánea, limitando drásticamente su crecimiento potencial en la región.
Este desafío contrasta con el dinamismo del ecosistema fintech latinoamericano, que creció un 340% en la última década y alberga a más de 3,000 empresas. La innovación en productos financieros es palpable, pero la capa de infraestructura de pagos transfronterizos para empresas digitales sigue siendo incipiente. Mientras en otras regiones existen soluciones unificadas, aquí las compañías se ven forzadas a construir y mantener múltiples integraciones, desviando recursos valiosos de ingeniería y legales que podrían destinarse a la innovación y la mejora del producto central.
La consecuencia directa es una pérdida de competitividad. Empresas globales, con mayor capital y equipos legales, pueden sortear estos obstáculos, pero las locales o las que llegan de otros mercados emergentes se quedan atrás. “No es un problema de producto ni de demanda”, insiste Candia. “Es un problema de infraestructura. La oportunidad está ahí, documentada en las cifras de crecimiento, pero la falta de una red de pagos unificada actúa como un freno de mano para toda la industria tecnológica regional”.
El futuro del e-commerce y los servicios digitales en América Latina parece brillante, pero su potencial completo solo se liberará cuando se resuelva este rompecabezas de pagos. La creación de capas de infraestructura financiera que abstraigan la complejidad local, permitiendo a las empresas cobrar en múltiples países con una sola integración, se perfila no solo como un negocio rentable, sino como un facilitador clave para la próxima ola de crecimiento digital en la región.

