Láseres, halcones y armas no resuelven el problema de las palomas en Reino Unido

Imagen ilustrativa
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Se estima que en Londres residen casi 3 millones de palomas, la mayor concentración del Reino Unido. Conocidas como “ratas con alas”, “ceniceros voladores” o “pájaros de alcantarilla”, estas aves no gozan de simpatía popular. Y las ciudades británicas tienen una larga historia de intentos de control de plagas: han probado de todo, menos un exorcismo, para deshacerse de ellas, sin éxito.

Métodos fallidos y costosos

La victoria más conocida de Londres en la guerra contra las palomas fue autoproclamada, tras una operación en Trafalgar Square a principios de los años 2000. El gobierno municipal de Ken Livingstone empleó dos halcones Harris para “disuadir” a las palomas, aunque los halcones fueron más allá, matando a 121 palomas en lo que terminó siendo una matanza de varios años. La ofensiva costó a la ciudad 226.000 libras. Activistas por la vida silvestre lo calificaron como un acto de crueldad inimaginable. Y poco hizo para reducir permanentemente las poblaciones de palomas.

El año pasado, en Mánchester, al menos 81 palomas fueron abatidas a tiros por servicios de control de plagas contratados por Northern Trains, en ofensivas matutinas en la estación Victoria de Mánchester. El evento es conocido por algunos como la “masacre de palomas de Mánchester Victoria”.

Una solución humana y eficaz

Frente a este panorama, la escritora independiente Sydney Lobe propone una alternativa: el uso de palomares anticonceptivos. Estos dispositivos, ya probados con éxito en ciudades como Basilea (Suiza) o Barcelona (España), consisten en estructuras donde las palomas pueden anidar y ser alimentadas con grano tratado con un anticonceptivo llamado nicarbazina. Este método reduce gradualmente la población sin matar a las aves, es de bajo costo y ha demostrado reducir colonias hasta en un 95% en pocos años.

Lobe critica que los concejos británicos sigan gastando grandes sumas en métodos crueles e ineficaces, mientras ignoran una estrategia comprobada, humana y económica. “No se trata de erradicarlas, sino de gestionar su población de forma ética”, señala.

¿Por qué no se implementa?

La resistencia al cambio, los intereses de la industria del control de plagas y la falta de voluntad política son algunas de las barreras. Sin embargo, con el aumento de la conciencia sobre el bienestar animal y la presión ciudadana, quizás pronto veamos un giro hacia soluciones más inteligentes.

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