Cómo un jardín en Orkney sanó a una escritora tras la pérdida de su hermana

Imagen ilustrativa
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Tras la muerte de su hermana, Victoria Bennett dejó Cumbria para mudarse al remoto archipiélago escocés de Orkney. Allí, en medio de paisajes azotados por el viento y el mar, encontró no solo un hogar, sino un proceso de sanación profunda a través de la jardinería y la conexión con la naturaleza.

El llamado de lo salvaje

Fue durante su primer invierno en Orkney que Bennett experimentó la catarsis de aullar frente al mar durante una tormenta. “Hay algo muy liberador físicamente en aullar”, dice. “Es bastante animal y poderoso”. En una playa tormentosa, cuando las olas rompen contra las rocas, “puedes desahogarte de verdad”, explica. “El sonido simplemente desaparece”.

Hasta ese momento, Bennett había estado luchando con su decisión de mudarse a este remoto archipiélago frente a la costa norte de Escocia. “Empezaba a sentir que estaba en una lucha contra el mar y contra el clima”, confiesa.

Aprendiendo a fluir

Bennett describe su proceso como un aprendizaje para “ir con el flujo y reflujo de la vida”. En Orkney, las mareas marcan el ritmo diario, y ella tuvo que adaptarse a esa cadencia natural. Su jardín, ubicado en una antigua casa de campo, se convirtió en su santuario. Plantar, cuidar y ver crecer las plantas le enseñó paciencia y aceptación.

El jardín como terapia

El jardín de Bennett no es un espacio ordenado y simétrico; es un lugar silvestre donde las plantas nativas conviven con hierbas medicinales y flores. “Necesitaba estar en ese lugar extraño y plano”, dice refiriéndose a la geografía de Orkney. La llanura del paisaje, lejos de ser monótona, le ofreció una perspectiva nueva: la de soltar el control y dejarse llevar.

Lecciones de la naturaleza

La escritora encontró en la naturaleza de Orkney un espejo de su propio duelo. Las tormentas, los días de calma, el cambio constante del clima reflejaban sus emociones. “A veces solo necesitas aullar”, dice Bennett. “Y el mar siempre te escucha”.

Su historia es un recordatorio de que, incluso en los lugares más remotos, la naturaleza tiene el poder de sanar. Para Bennett, Orkney no fue una huida, sino un reencuentro consigo misma.

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