La creciente inestabilidad en el estratégico Estrecho de Ormuz, por donde transita una quinta parte del petróleo mundial, ha encendido las alertas económicas globales y sus efectos ya comienzan a sentirse en los mercados, con implicaciones directas para la economía mexicana. Según análisis de expertos, cualquier perturbación sostenida en esta ruta marítima clave no solo eleva el precio del crudo, sino que desencadena una cascada de costos que termina golpeando el bolsillo de los consumidores en sectores tan básicos como la energía y los alimentos.
Alfredo Marentes, analista de mercado de VT Markets, explica que la incertidumbre geopolítica en la región genera de inmediato una prima de riesgo sobre el precio del petróleo. “Aun cuando no se produzca un cierre efectivo, la incertidumbre prolongada encarece los fletes, los seguros y las expectativas de abastecimiento, consolidando un piso de precios estructuralmente más elevado en el sector energético”, señala. Este fenómeno no es ajeno a México, que, pese a ser productor petrolero, mantiene una fuerte dependencia de las importaciones de gas natural, un insumo cuyo precio está directamente vinculado a estas tensiones.
El impacto, sin embargo, va mucho más allá de la bomba de gasolina o la tarifa de luz. La cadena de efectos es insidiosa y de amplio alcance. El gas natural es un componente esencial para la fabricación de fertilizantes nitrogenados. Un aumento sostenido en su costo encarece la producción agrícola y, en consecuencia, la de alimentos. Sectores como la ganadería, que dependen de forrajes y granos, también se ven presionados. El resultado final es un traslado gradual, pero constante, de costos hacia el consumidor, lo que retroalimenta las presiones inflacionarias en la economía.
Una vulnerabilidad expuesta y lecciones por aprender
La experiencia reciente de Europa, que tras la guerra en Ucrania vio incrementos de casi 70% en el precio del gas y 50% en el petróleo, sirve como un crudo recordatorio de que estos escenarios distan de ser teóricos. Para economías latinoamericanas como la mexicana, la exposición es clara. Marentes advierte que el desenlace apunta a “presiones inflacionarias, volatilidad cambiaria y mayor tensión fiscal, sobre todo si los gobiernos deciden recurrir a subsidios para amortiguar el impacto”.
Frente a esta realidad, los analistas subrayan que la respuesta no puede limitarse a la gestión reactiva de la crisis una vez que estalla. Señalan la urgencia de estrategias anticipatorias que reduzcan la vulnerabilidad estructural. Entre las medidas clave se encuentran la diversificación de las fuentes de suministro energético, el fortalecimiento de la matriz energética nacional con un mayor componente de renovables y el desarrollo de mecanismos financieros de cobertura que protejan a la economía de la volatilidad extrema generada por choques geopolíticos lejanos. En un mundo globalizado, donde el precio de la energía incide en el costo de prácticamente todo, lo que ocurre en Ormuz deja de ser una noticia lejana para convertirse en un factor determinante de la estabilidad económica local.

