¿Por qué no se consideran cuerpos como el nuestro en la academia?

La academia ha sido tradicionalmente vista como un espacio donde solo los mejores y más brillantes cerebros tienen cabida. Sin embargo, esta perspectiva ignora un aspecto crucial: el papel significativo que nuestros cuerpos juegan en este entorno. Desde las largas horas en el laboratorio hasta la exigente labor de campo, la estructura de la academia no es neutral respecto a nuestras características físicas. Para muchas personas, la carrera académica se siente alienante o incluso inalcanzable, ya que la investigación no se adapta a sus necesidades.

Este episodio de Off Limits, un pódcast que explora los tabúes en el lugar de trabajo, se centra en los cuerpos excluidos en la academia, comenzando con la conversación entre Theo Newbold, estudiante de doctorado en patología vegetal en la Universidad Estatal de Pensilvania, y Katharine Hubert, quien vive con el Síndrome de Ehlers-Danlos, un trastorno que afecta el tejido conectivo. Ambas investigadoras discuten cómo la falta de consideración hacia las necesidades físicas de los académicos puede hacer que el entorno sea hostil para aquellos que no se ajustan al estándar tradicional.

Newbold se sintió motivado a hablar sobre su experiencia en el ámbito académico tras un artículo de 2022 en Nature que abordaba el problema del “sizeism” o discriminación por tamaño en el entorno científico. Según ella, lo que más nota es la falta de pensamiento al momento de tomar decisiones, como la elección de sillas en el laboratorio que no contemplan la diversidad de cuerpos. “Es casi cómico lo poco que encajé en esas sillas”, comenta, enfatizando que muchas decisiones se toman sin considerar a las personas de mayor tamaño.

Por su parte, Hubert explica que su diagnóstico de Ehlers-Danlos llegó tarde, justo después de comenzar su programa de doctorado. Vivir con esta condición significa enfrentarse a síntomas como dislocaciones articulares y dolor crónico, además de la necesidad constante de acudir a médicos. En la academia, esto se traduce en dificultades para obtener las adaptaciones necesarias para realizar investigaciones. “A menudo siento que tengo que llevar una doble vida, como si fuera una carga para pedir lo que necesito”, confiesa Hubert.

Ambas investigadoras coinciden en que la academia, tradicionalmente percibida como un espacio cerebral, debe adaptarse para ser más inclusiva. Hablan sobre cómo la falta de diseño universal en laboratorios y aulas crea obstáculos para personas con discapacidades visibles e invisibles, y cómo las condiciones de trabajo actuales no permiten que todos tengan la misma oportunidad de éxito. “El sistema está diseñado para quienes pueden trabajar 12 horas al día, pero algunos cuerpos simplemente no pueden soportar eso”, afirma Hubert.

Por otro lado, Newbold y Hubert hacen un llamado a la comunidad académica para que reconozca la importancia de la diversidad corporal y la necesidad de crear espacios accesibles. Esto no solo implica proporcionar el mobiliario adecuado, sino también un cambio de mentalidad acerca de cómo se percibe a las personas con cuerpos diferentes. “Necesitamos dejar de patologizar la gordura y aceptar la diversidad de cuerpos como una realidad”, sostiene Newbold.

Ambas académicas están trabajando activamente para cambiar esta narrativa. A través de su presencia en redes sociales y su participación en iniciativas de diversidad e inclusión, buscan visibilizar sus experiencias y los desafíos que enfrentan. “Si no hablo sobre mi discapacidad, no recibiré las herramientas que necesito”, explica Hubert.

El episodio concluye con un mensaje esperanzador: la academia puede y debe evolucionar. Reconocer y aceptar la diversidad corporal es el primer paso hacia un entorno más inclusivo donde todos los académicos, independientemente de su tamaño o condición física, puedan prosperar y contribuir a la ciencia de manera efectiva. A medida que más voces se unan a esta conversación, la esperanza es que el cambio sea no solo posible, sino inevitable.

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