En las bulliciosas calles de las grandes ciudades chinas, conviven dos realidades automovilísticas que reflejan la dualidad del desarrollo tecnológico del país. Por un lado, el impresionante despliegue de autos eléctricos de marcas como BYD, Nio o Xpeng, que han convertido a China en el epicentro mundial de la movilidad eléctrica. Por otro, un fenómeno menos glamuroso pero igualmente omnipresente: la invasión silenciosa de los ‘laotoule’, esos curiosos cuadriciclos eléctricos que no requieren licencia de manejar y que están transformando la movilidad cotidiana, especialmente entre la población mayor.
Estos vehículos, cuyo nombre se traduce coloquialmente como ‘la alegría del anciano’, comenzaron como una modesta evolución de los tuk-tuks de tres ruedas en zonas rurales durante la década de 1990. Hoy, sin embargo, han mutado en pequeños automóviles eléctricos con capacidad para hasta cinco personas, exhibiendo diseños que van desde lo funcional hasta lo extravagante, incluyendo imitaciones de lujo de marcas como Porsche o Maserati que se pueden adquirir por aproximadamente 3,200 euros (alrededor de 70,000 MXN) en plataformas como Alibaba.
La popularidad de los laotoule ha crecido exponencialmente. Según datos de la Asociación de Vehículos Eléctricos de China, las ventas anuales pasaron de 1.1 millones de unidades en 2017 a 2.1 millones en 2023, con 1.4 millones destinados específicamente a personas mayores. Esta explosión comercial responde a una necesidad concreta: ofrecer una solución de movilidad cerrada, económica y accesible para trayectos cortos, como hacer mandados o recoger a los nietos del colegio.
Pero detrás de esta aparente conveniencia se esconde un vacío legal preocupante. A diferencia de países como España, donde cualquier vehículo a motor requiere homologación, matrícula y revisión técnica periódica, los laotoule se comercializan en China como dispositivos de movilidad personal, equiparables a patinetes eléctricos o sillas de ruedas motorizadas. Esto significa que circulan sin placas, sin certificados de seguridad y, lo más alarmante, sin los elementos de protección básicos de un automóvil convencional.
‘Carecen de estructuras de acero reforzado, sistemas de frenos avanzados y, por supuesto, airbags’, explica el investigador Lu Yong, especialista en vehículos eléctricos de baja velocidad. ‘De lejos pueden parecer un auto compacto, pero de cerca se revelan como lo que son: vehículos ligeros con motores eléctricos de potencia limitada y una velocidad máxima que ronda los 70 km/h’.
Las consecuencias de esta falta de regulación ya son visibles en las estadísticas de seguridad vial. Un informe de Banyuetan, la revista vinculada a la agencia oficial de noticias Xinhua, documentó un atropello mortal en Hebei protagonizado por un conductor de 59 años al volante de un laotoule. El caso no es aislado: la proliferación de estos vehículos en carreteras rurales y periferias urbanas ha generado un aumento de accidentes, muchos de ellos con resultados trágicos.
Frente a este escenario, las autoridades chinas han comenzado a tomar cartas en el asunto. Desde el 1 de enero de 2024, ciudades como Pekín y Luoyang prohibieron la circulación en vías públicas de vehículos eléctricos de tres y cuatro ruedas de baja velocidad. Paralelamente, el gobierno central emitió una normativa técnica que, por primera vez, clasifica a los laotoule como vehículos a motor, estableciendo requisitos mínimos de seguridad.
‘Es un paso necesario hacia la regulación’, comenta Lu Yong. ‘China no puede permitirse tener millones de vehículos circulando en un limbo legal. La seguridad de los conductores y peatones debe ser prioritaria’.
El fenómeno de los laotoule refleja un desafío mayor en la transición hacia la movilidad sostenible: cómo equilibrar la accesibilidad tecnológica con la responsabilidad en seguridad. Mientras empresas como Xiaomi lanzan versiones sin carné de modelos como el YU7, y el mercado de imitaciones low cost florece en internet, el debate sobre el futuro de estos vehículos se intensifica.
Lo cierto es que los laotoule han llegado para quedarse. Su éxito comercial demuestra que responden a una demanda real, especialmente en un país con una población que envejece rápidamente y donde la movilidad personal se ha convertido en una necesidad básica. La pregunta ahora es si China logrará transformar este caos inicial en un sistema ordenado que combine innovación, accesibilidad y seguridad.
Mientras tanto, en las calles de Shanghai, Cantón o Chengdú, los laotoule siguen su marcha silenciosa, pintando de colores variopintos el paisaje urbano y recordándonos que, en la carrera tecnológica, no todo es alta velocidad y autonomía extendida. A veces, la verdadera revolución viaja a 70 km/h, sin carné y con la ‘alegría del anciano’ como bandera.

