En los campos de batalla modernos, donde la tecnología se ha convertido en un factor decisivo, una innovación ucraniana ha demostrado que la defensa de posiciones estratégicas puede lograrse sin poner en riesgo vidas humanas. Durante cuarenta y cinco días consecutivos, un vehículo terrestre no tripulado mantuvo sectores de primera línea sin presencia directa de soldados, marcando un hito en la evolución de la guerra contemporánea. Esta experiencia no solo revela el potencial de los sistemas autónomos en combate, sino que plantea preguntas fundamentales sobre el futuro de los conflictos armados.
El sistema empleado fue el Droid TW 12.7, desarrollado por la empresa ucraniana DevDroid, un pequeño vehículo oruga armado con una ametralladora pesada M2 Browning de calibre .50. Este dron terrestre fue desplegado en distintas posiciones a petición de los puestos de mando locales, actuando como una plataforma celular de castigo que convertía cada intento de avance enemigo en una operación costosa y arriesgada. La lógica detrás de esta estrategia era tan simple como contundente: si algo puede recibir fuego enemigo, mejor que no sangre.
La unidad responsable de esta operación fue la NC-13 Strike Company, integrada en el Tercer Cuerpo del Ejército de Ucrania, una formación creada específicamente para operar vehículos terrestres no tripulados. Su comandante, Mykola “Makar” Zinkevych, explicó que el dron era el único elemento presente en la posición, cumpliendo misiones de fuego de supresión constantes para disuadir avances y obligar al adversario a enfrentarse a una defensa que no podía ser desgastada psicológicamente ni eliminada con bajas humanas.
Aunque el robot podía permanecer en su puesto durante días, necesitaba retirarse cada 48 horas para mantenimiento, reabastecimiento de munición y recarga de baterías, tareas realizadas por un equipo situado a varios kilómetros del frente. El proceso, inicialmente de cuatro horas, se redujo a la mitad gracias a la compra de baterías adicionales pagadas por los propios soldados, un detalle que ilustra hasta qué punto la guerra sigue dependiendo de iniciativas locales y financiación improvisada incluso cuando se habla de tecnología avanzada.
DevDroid afirma que el Droid TW 12.7 puede operar a distancias de hasta 15 millas y cuenta con funciones de navegación asistida por inteligencia artificial, aunque no está claro hasta qué punto puede actuar de forma autónoma en combate. Aun así, el simple hecho de que un solo vehículo terrestre no tripulado haya sostenido posiciones durante seis semanas demuestra que el valor de estos sistemas no reside solo en su sofisticación, sino en su capacidad para sustituir cuerpos humanos en tareas donde la supervivencia es mínima.
Tras esta experiencia, la unidad de Zinkevych planea ampliar el uso de vehículos terrestres no tripulados tanto en misiones defensivas como ofensivas, apoyándose en nuevas variantes equipadas con lanzagranadas ya aprobadas para uso oficial. La demanda, reconocen, es altísima, pero también lo son los costos, hasta el punto de que el desarrollo continúa financiándose parcialmente mediante campañas de micromecenazgo.
El caso del Droid TW 12.7 no es solo una anécdota tecnológica, sino una señal de hacia dónde se dirige la guerra moderna: un campo de batalla donde cada metro puede defenderse con sensores, acero y algoritmos en lugar de carne y hueso, y donde el valor estratégico de un soldado empieza a medirse también por su capacidad para no estar físicamente allí. Esta transformación representa un cambio paradigmático en la concepción tradicional del combate, donde la presencia humana directa ha sido durante siglos un elemento indispensable.
En México, donde la tecnología militar y de defensa sigue evolucionando, estos desarrollos ofrecen lecciones valiosas sobre cómo la innovación puede reducir el costo humano en situaciones de conflicto. Aunque nuestro país mantiene una política exterior de no intervención y resolución pacífica de controversias, la comprensión de estas tecnologías es crucial para la seguridad nacional y la defensa de la soberanía.
Un dato curioso relacionado con este tema es que el concepto de máquinas de combate autónomas no es nuevo. Ya en la Segunda Guerra Mundial, se desarrollaron prototipos de vehículos controlados por radio, aunque su implementación fue limitada debido a las restricciones tecnológicas de la época. Hoy, casi ochenta años después, la combinación de inteligencia artificial, sistemas de navegación avanzados y comunicaciones seguras ha hecho posible lo que entonces era ciencia ficción.
El componente atemporal de esta historia reside en la eterna búsqueda humana de proteger vidas mientras se defienden posiciones. Desde las murallas de las ciudades antiguas hasta los sistemas de defensa antimisiles modernos, la humanidad ha buscado constantemente formas de mantener la seguridad sin sacrificar a sus defensores. Los drones terrestres representan simplemente la última iteración de este principio fundamental.
En términos de costos, mientras que el desarrollo de sistemas como el Droid TW 12.7 requiere inversiones significativas -que pueden oscilar entre 50,000 y 150,000 dólares estadounidenses por unidad, equivalentes aproximadamente a 850,000 a 2.5 millones de pesos mexicanos- estos gastos deben compararse con el valor incalculable de las vidas humanas que pueden salvar. Además, la operación continua de estos sistemas implica costos adicionales en mantenimiento, munición y capacitación del personal.
La tropicalización de esta tecnología para el contexto mexicano implicaría considerar no solo aspectos militares, sino también aplicaciones en seguridad pública, protección de infraestructura crítica y respuesta a emergencias. La versatilidad de los vehículos terrestres no tripulados los hace valiosos para múltiples escenarios donde la presencia humana directa conlleva riesgos significativos.
Mirando hacia el futuro, es probable que veamos una mayor integración de sistemas autónomos en las doctrinas militares de todo el mundo. La combinación de drones aéreos, terrestres y marítimos, coordinados mediante inteligencia artificial, podría redefinir completamente la naturaleza de los conflictos armados. Para países como México, mantenerse al tanto de estos desarrollos no es solo una cuestión de defensa, sino de soberanía tecnológica y capacidad de innovación.
La experiencia ucraniana con el Droid TW 12.7 demuestra que, incluso en las circunstancias más difíciles, la creatividad y la adaptación tecnológica pueden ofrecer soluciones que preservan lo más valioso: la vida humana. Mientras el mundo observa estos desarrollos, queda claro que el futuro de la defensa será cada vez más digital, autónomo y, paradójicamente, más humano en su objetivo fundamental de proteger a quienes defienden.

