Han pasado más de seis décadas desde que ‘Mary Poppins’ llegó a los cines, pero esta icónica película de Disney sigue siendo un fenómeno cultural que trasciende generaciones. Lo que muchos fans no conocen es la fascinante historia detrás de cámaras: el profundo descontento de la creadora original, P.L. Travers, con la adaptación que Walt Disney realizó de sus queridas novelas. Este conflicto creativo representa un caso de estudio interesante sobre los desafíos que enfrentan las adaptaciones cinematográficas cuando chocan visiones artísticas diametralmente opuestas.
La relación entre Travers y Disney fue complicada desde el principio. Walt Disney llevaba 20 años persiguiendo los derechos de la historia, motivado por el amor que sus hijas sentían por los libros. Travers, sin embargo, se resistía ferozmente a lo que consideraba ‘tonterías comerciales’ de Disney. Solo sus apuros económicos la llevaron a ceder finalmente, pero esto marcó el inicio de una colaboración llena de fricciones. La autora rechazó prácticamente todos los elementos de la producción: desde las escenas animadas que consideraba horribles, especialmente la de los pingüinos, hasta el famoso ‘Supercalifragilísticoespialidoso’ que calificaba de palabra estúpida.
El conflicto llegó a tal punto que Travers ni siquiera fue invitada inicialmente al estreno, aunque terminó asistiendo y quedando profundamente disgustada con el resultado. Su oposición era tan firme que llegó a exigir que no apareciera el color rojo en ninguna parte de la película. Tampoco aprobó el casting: Julie Andrews le parecía inadecuada para el papel protagónico, y Dick Van Dyke le resultaba particularmente irritable, especialmente por su acento que calificaba de ‘infame’. Prefería actores como Richard Burton o Laurence Olivier, aunque probablemente estos tampoco hubieran cumplido con sus exigentes expectativas.
Este caso nos hace reflexionar sobre la eterna tensión entre la fidelidad al material original y las necesidades del lenguaje cinematográfico. Mientras ‘Mary Poppins’ se convertía en un éxito mundial y ganaba cinco Oscars, su creadora original mantenía hasta su muerte en 1996 que la adaptación de Disney no tenía nada que ver con sus libros. La experiencia fue tan traumática para Travers que durante décadas bloqueó nuevas adaptaciones, permitiendo finalmente solo una obra teatral con estrictas condiciones: guionistas exclusivamente británicos y nadie vinculado a la película de Disney. Este legado de conflicto creativo sigue siendo una lección valiosa sobre los desafíos de transformar literatura en cine.

